POEMAS ERÓTICOS

(Del libro "Café con amazonas", La Bolsa de Pipas, 2002, Palma de Mallorca)


Román Piña

 

 

 

 PEZONES

 

Me preguntas, amor, por mi experiencia
en temas de pezones.

Eres tú la mujer, pero soy yo el que sabe,
se fija, el que acaricia

los pechos de las hijas de los hombres

para aprender la forma de las cimas
que emergen de los cuerpos.

Las hay que son obstáculo insalvable,
rocosos escalones, altas islas,
envueltas en la espuma de los peces.
Las hay imperceptibles,
sin cresta ni basalto, como lomas
que la carne durísima diluye.
De gasa blanca, tiernas como labios,
cimas que son arenas movedizas,
hay gusanos de seda y hay botones.
Pulsarlos es abrirle las compuertas
al río subterráneo de los ojos.
Un pezón es un ojo,
un dedo acobardado,
una boca que espera.

Una arruga de un pétalo,
la uva, el vellocino,

la costura del monte.

El broche de la red que oprime el cuerpo
del mundo.

 

 

PIMENTERO

 

 

Por tu boca he descubierto
un pedazo de mí maravilloso.
Sabía de la gracia de mis ojos,
a veces escuché palabras gratas
acerca de mis piernas.

Pero eres la primera
que descubre en mi pene
un objeto precioso.
De repente he sentido
sincera admiración por mi ariete

y creo que se debe
a la curiosa comunión de afectos
por la que andamos tan compenetrados.

Si para ti es hermoso
también lo es para mí.

Quisiera consagrarlo como objeto de culto
y dedicar al día unos minutos
a alimentar tu devoción de virgen.
Sería lo correcto
reproducir mi pene en noble roca
o madera de viejo árbol sagrado.
Con inusual piedad

tallaría mi glande en el momento
de rozarte la tela de las bragas,
de besarte el pico del corazón
que se clava en tus pechos.
Y te regalaría el amuleto
amado para que tengas de mí
un recuerdo irrompible,

y para consolarte cuando falte,
o para relevarme
si yo fallo.
Cómo me gustaría presidir
tu tálamo, tu baño, tu cocina,
que tuvieras mis penes esparcidos
por tu casa: un cepillo
de dientes, un gran cirio
en la mesa de noche,
o un pimentero erecto
en la alacena que era de tu abuela.
Antes yo hubiera dicho
que todo esto es una cochinada.

Me has abierto los ojos,
me has descubierto un dios.

Yo nunca hubiese visto lo que tengo
de no ser por tu amor.

De no ser por tu boca.

 

 

DERECHO A ROCE

 

Si algún día perdiese el privilegio
de ocupar el rincón de tus sueños
y el aliento escondido de tu cuerpo,
si me relegas al papel de amigo,
querría que aceptaras unos puntos
para dulcificar este despido
a modo de indemnización amable.
Si me defenestraras como amante
quisiera conservar ciertos derechos,
sin yugos ni cadenas, sin argoyas,
como el de, por ejemplo,
quedar para una charla
sin entrar a violar intimidades.

Alguna noche tibia, en primavera,
podríamos cenar e irnos de copas,
echar un bailecito, como amigos,
y cogernos las manos fríamente,
si lo exige la música.
Adornar nuestro encuentro, si se tercia,
con un abrazo casto, cerca el alba,
en homenaje a la pasión perdida.
Ya sabes que tendrías un apoyo
y que te ofreceré encantado el hombro
si algún día te vieras deprimida
para que llores cuanto te parezca.
Sería aconsejable, con tu venia,
en cada despedida, como amigos,

acoplar nuestros labios un momento
sin prisa y por supuesto sin deseo.

Si algún día te aburres
podríamos subir una montaña,
ir al cine, al teatro,

hacer manitas, siempre como amigos,
palparnos las caderas como ahora,
chuparnos las orejas,

y yo despertaría
la rosa titilante entre tus muslos
con besos en sus párpados mojados.
Aunque vivas tu vida
y nuestros mundos sean muy distintos,
cualquier día futuro, si quisieras,
con la misma ternura y entusiasmo
con que ahora como amante te penetro

(cuesta tanto alcanzar la confianza
entre dos corazones)
podría penetrarte, como amigo.

 

EL BRONCE EXACTO

 

Qué pena, de verdad, no poder invitarte
a tomar un café como viejos amigos,
en un bar concurrido, a plena luz del día,
por no darle motivos de celos a tu esposo.
Hubo un tiempo en que virgen astuta lo esquivabas,
para venir a hincarme los dientes en el cuello

y a atesorar tus sueños en mi abrazo indeciso.
Por mi parte no quiero sepultar entre escombros
como remordimientos los besos que me diste,
el olor de tu vulva mojada en mi bigote,
el gemido venéreo de tu boca entreabierta
cuando te masturbaba sin apartar la tela.
Te empujé hacia las rocas y te amé entre la espuma,
recorrí con la lengua los pezones abruptos
que la sal comprimía en tus pechos de niña.
En una sola mano me cabía tu culo.
Tu vientre era tan duro como la teca cóncava.
Pero ahora no quiero revivir aquel sueño,
que ya me acostumbré a tu desamor.

Sólo quiero un café, que me cuentes tu vida,
si estás embarazada, si acabaste Turismo,
y ver si vas de rubia o pelirroja
o has vuelto a bronce exacto
de tus catorce años.
Aún sueño contigo,
porque supiste arder sin extinguirte
mientras me devorabas hasta el vicio.

Nunca te penetré,
pero cuanto follamos, amor mío.